La Coctelera

BIENVENIDOS A EDUCADORES ASOCIADOS

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16 Junio 2006

LAS SEÑORAS MANIAS

Serían más o menos las diez cuando salí del hotel. La noche era cálida y necesitaba beber algo. Era insensato probar en el bar del hotel porque el lugar era como un manicomio. La Convención de jugadores de bolos también lo había invadido.
Bajando por Euclid Avenue tuve la impresión de que todo Cleveland estaba lleno de jugadores de bolos. Y lo curioso es que la mayoría de ellos parecían ir en busca de algo que beber. Cada taberna que pase estaba abarrotada de hombres en mangas de camisa, con sus
distintivos. Y no porque necesitaran identificación, la mayor parte llevaba en la mano la característica bolsa con la bola dentro.
Cuando Washington Irving escribió sobre Rip van Winkle y los enanos, demostró que entendía perfectamente a los jugadores de bolos.
Bueno, en esta Convención no había enanos..., solo bebedores de tamaño natural. Cualquier zumbido de truenos de las distantes montañas hubiera sido ahogado por los gritos y las carcajadas.
Yo deseaba quedar al margen. Así que dejé Euclid y seguí andando al azar, en busca de un lugar tranquilo. Mi propia bolsa empezaba a pesarme. En realidad, me proponía llevarla a la estación y dejarla en consigna hasta la hora del tren, pero antes necesitaba beber.
Por fin encontré un lugar. Era un local oscuro, tétrico, pero también desierto. El encargado de la barra estaba completamente solo, en un extremo, escuchando un partido por radio.
Me senté cerca de la puerta y deposité la bolsa sobre el taburete, a mi lado. Pedí una cerveza:
-Traigame una botella - dije - , así no tendré que interrumpirle.
Lo hacía solo por mostrarme amable, pero podía haberme evitado la molestia. Antes de tener la oportunidad de volver a su partido, entro otro cliente.
-Whisky doble, olvídese del agua.
Levanté la cabeza.
Los jugadores de bolos habían ocupado efectivamente la ciudad. El cliente era un hombre grueso, de unos cuarenta años, con arrugas que le llegaban casi arriba de la calva. Llevaba abrigo y la inevitable bolsa: negra, abultada, muy pa recida a la mía. Mientras le miraba, la
colocó cuidadosamente sobre el taburete contiguo y alcanzó su vaso.
Echó la cabeza hacia atrás y tragó. Pude ver el movimiento de su cuello blancuzco. Luego empujó el vaso vacío:
-Otro - dijo al de la barra- . Y baje la radio, ¿quiere, Mac?
Sacó un puñado de billetes. Por un momento la expresión del de la barra dudó entre una mueca y una sonrisa. Pero al ver los billetes lloviendo sobre la barra, ganó la sonrisa. Se encogió de hombros, manipuló el control del volumen y redujo la voz del comentarista a un
lejano zumbido. Yo sabía lo que estaba pensando: "Si me pidiera cerveza le mandaría al infierno, pero este tío esta pagando whisky".
El segundo vaso bajó casi tan de prisa como el volumen de la radio.
-Otro- ordenó el fornido.
El de la barra volvió, le sirvió, cogió el dinero, lo metió en la caja registradora y marchó al extremo del mostrador. Allí se agachó sobre la radio, tratando de captar la voz del comentarista.
Contemplé como desaparecía el tercer vaso. El cuello del desconocido era, ahora, de un rojo vivo. Tres vasos de whisky en dos minutos producen maravillas en la tez. También sueltan la lengua.
-Juegos de pelota- masculló el desconocido-. No comprendo como alguien puede escuchar ese rollo... - Se secó la frente y me miró- A veces, uno tiene la idea de que no hay nada más en el mundo que aficionados al béisbol. Un puñado de locos desgañitandose por nada, durante todo el verano. Luego viene el otoño y empiezan los partidos de fútbol. Exactamente igual, sólo que peor. Y tan pronto termina, empieza el baloncesto. ¡Santo Dios!, pero que ven en ello?
-Todo el mundo tiene alguna manía - dije.
-Sí. Pero, ¿qué clase de manía es ésta? Quiero decir, ¿quién puede excitarse al ver a un grupo de monos peleando por agarrar una pelota? No me digan que les importa de verdad quien pierda o quien gane. Muchos van a un partido por diferentes razones. ¿Ha ido alguna vez a ver un partido, Mac?
-Alguna que otra vez.
-Entonces ya sabe de lo que estoy hablando. Les ha oído allí; les ha oído gritar. Ésta es la razón por la que van..., por gritar. Y, ¿ qué es lo que gritan? Se lo diré : ¡Matad al arbitro! Si, eso es lo que gritan: ¡Muerte al arbitro!
Terminé rápidamente lo que me quedaba de cerveza y empecé a bajar del taburete.
-Venga, una más, Mac - me dijo. -Le invito.
Sacudí la cabeza.
-Lo siento, tengo que coger el tren a medianoche.
Miró el reloj.
-Tiene tiempo de sobra.
Abrí la boca para protestar, pero el de la barra estaba ya abriendo una botella y sirviendo whisky al forastero. Éste volvía a hablarme:
-El fútbol es peor. Uno puede hacerse mucho daño jugando al fútbol, algunos se lastiman de verdad. Y esto es lo que la gente quiere ver. Y chico, cuando empiezan a gritar pidiendo sangre, se le revuelve a uno el estomago.
-No sé. Después de todo, es una forma inocente de liberar las represiones.
Puede que me entendiera, puede que no, pero asintió con la cabeza.
-Libera algo, como usted dice, pero no estoy seguro de que sea tan inocente. Fíjese en el boxeo y en la lucha libre. ¿Llama usted deporte a eso? ¿Le llamaría pasatiempo, manía...?
-Bueno- ofrecí -, a la gente le gusta ver como se sacuden.
-Claro, sólo que no lo confiesan - Su rostro ahora estaba completamente rojo; empezaba a sudar-. ¿Y qué me dice de la caza y la pesca? Si lo piensa bien, viene a ser lo mismo. Sólo que ahí es uno mismo el que mata. Coge un arma y dispara contra un pobre animal tonto. O corta un gusano vivo y lo mete en un anzuelo y el anzuelo corta la boca de un pez, y usted lo encuentra excitante, ¿no?, cuando entra el anzuelo y pincha y destroza...
-Espere un momento. Puede que no esté mal. ¿Que es un pez? Si así se evita que la gente sea sadica...
-Déjese de palabras rimbombantes - me interrumpió. Luego me guiñó el ojo-. Sabe que es cierto. Todo el mundo siente esta necesidad, tarde o temprano. Ni los juegos ni el boxeo les satisfacen realmente. Así que, de vez en cuando o con frecuencia, necesitamos tener una
guerra. Entonces hay una buena excusa para matar de verdad. Millones.
Nietzsche creía ser un filosofo lugubre. Tenía que haber sabido lo de los whiskis dobles.
-¿Que solución encuentra? - Me esforcé por eliminar el sarcasmo de mi voz-¿Cree que se haría menos daño si se suprimieran las leyes contra el crimen?
-Tal vez - el calvo contempló su vaso vacio.- Depende de quien fuera asesinado. Supóngase que sólo se asesinaran a vagos y vagabundos. O a las putas, quizá. Ya me entiende, alguien sin familia, sin parientes, sin nada. Alguien que no se echara en falta. Uno podría salirse sin que le cogieran.
Me incliné hacia delante, y mirándole fijamente le pregunté:
-¿Cree que podría?
No me miró. Contempó su bolsa antes de contestar.
-Entiendame, Mac - dijo con una sonrisa forzada . Yo no soy un asesino. Pero estaba pensando en un tipo que solía hacerlo. Aquí, en esta ciudad, además. Pero de eso hará unos veinte años.
-¿Le conoció? No, claro que no. Nadie le conocía, ahí esta lo bueno. Por eso se libraba siempre. Pero todo el mundo sabía de el. Lo único que había que hacer era leer los periódicos- Terminó su vaso-. Le llamaban el Sajatorsos de Cleveland continuó- . En cuatro años
cometió trece asesinatos, en Kingsbury y por los alrededores de Jackall Hill. La Policía se volvía loca tratando de encontrarle. Suponían que venía a la ciudad los fines de semana. Encontraba algún desgraciado o atraía a un vagabundo a un callejón o en los vertederos cerca
de las vías. Les prometería darles una botella o algo. Y haría lo mismo con las mujeres. Después sacaba su navaja.
-Quiere decir que no eran pasatiempos, que no se engañaba. Iba a matar.
El hombre asintió.
-En efecto. Verdaderas emociones y un auténtico trofeo final. Verá, le gustaba cortarles sus...
Me puse en pie y alargue la mano hacia la bolsa. El forastero se rió:
-No tenga miedo, Mac. Ese tío abandonó la ciudad en 1938 o así. Quizá cuando empezó la guerra se fue a Europa y allí se alistó.
Formará parte de algún comando y así siguió haciendo lo mismo..., sólo que entonces era un héroe en lugar de un asesino. ¿Me comprende?
-Tranquilo- le dije-. Le comprendo muy bien. Pero, no se lo tome así. La teoría es suya, no mía.
Bajó la voz:
-¿Teoría? Puede que sí, Mac. Pero esta noche he tropezado con algo que le impresionaría de verdad. ¿Por qué supone que he estado tragando todos esos vasos?
-Todos los jugadores de bolos beben - le dije-. Pero si realmente piensa así de los deportes, ¿cómo se ha hecho jugador de bolos?
El calvo se acercó a mí:
-Un hombre tiene derecho a tener manías, Mac, o estallaría. ¿Entiende?
Abrí la boca para contestarle, pero antes de poder hacerlo oí otro ruido. Ambos lo oímos a la vez..., el zumbido de una sirena en la calle.
El de la barra levantó la cabeza y comentó:
-Parece como si viniera hacia aquí, ¿verdad?
EI calvo se puso de pie y se encaminó a la puerta. Corrí tras él:
-Tome, no se olvide de la bolsa.
Ni me miró. Murmuró:
-Gracias. Gracias, Mac.
Y se fué. No se quedó en la calle, sino que se perdió por un callejón entre dos edificios cercanos. En un momento desapareció. Me quedé en el umbral mientras la sirena atronaba la calle. Un coche patrulla paró frente a la taberna, pero no paró el motor. Un sargento de
uniforme llegaba siguiéndole por la acera, corriendo, y se paró sin aliento. Miró la acera, miró el interior de la taberna, me miró a mí.
-¿Ha visto a un hombre grueso, calvo, con una bolsa de jugador de bolos?- jadeó.
Tuve que decirle la verdad.
-Pues, sí. Salió de aquí no hace ni un minuto...
-¿En qué dirección?
Señalé entre los dos edificios y el gritó unas órdenes a los hombres del coche patrulla. El coche arrancó y el sargento se quedó atrás.
-Cuénteme - me dijo, empujándome otra vez dentro.
-Está bien, pero, ¿de que se trata?
-Asesinato. En el hotel de la Convención de jugadores de bolos. Hace cosa de una hora. El botones le vio salir de la habitación de una mujer, y sospechó que era un amigo del bien ajeno, porque le vio utilizar la escalera en lugar del ascensor.
-¿Amigo de lo ajeno?
-Ratero..., ¿sabe? Rondan las convenciones, se meten en las habitaciones y roban lo que pueden. En todo caso, este salió corriendo de la habitación. El botones se fijó bien en él y avisó al policía de la casa. El policía encontró a la mujer en la cama. Le había rebanado el
cuello, y bien. Pero el tipo llevaba mucha ventaja.
Respiré profundamente:
-El hombre que estaba aquí - dije-. Robusto, calvo... Estuvo hablandome de el Sajatorsos de Cleveland. Pero pensé que estaba borracho o que...
-La descripción del botones concuerda con la que nos dio un vendedor de periódicos de esta calle. Le vio venir hacia aquí. Como usted dice, era un tío robusto y calvo.
Se quedó mirando mi bolsa.
-Se llevó la suya, ¿verdad?
Afirme con la cabeza.
-Esto fue lo que nos ayudó a seguirle hasta aquí. Su bolsa de jugador de bolos.
-¿Alguien la vio?, ¿la describió?
-No, no hacía falta describirla. ¿Se fijó en que vine corriendo por la acera? Estaba siguiendo el rastro. Y aquí mismo..., eché una mirada al suelo, debajo del taburete. Mire. Como puede observar no llevaba una bola en su bolsa. Las bolas no gotean.
Me senté en mi taburete y la habitación pareció dar vueltas. No me había fijado en la sangre antes. Levanté la cabeza. Un policía entró en el local. Había venido corriendo a juzgar por cómo resoplaba, pero su rostro no estaba sofocado. Tenía un color blanco verdoso.
-¿Le alcanzaron?- preguntó el sargento.
-Lo que quedó de él -el policía apartó la mirada-. No quiso detenerse. Disparamos por encima de su cabeza, a lo mejor oyó usted el disparo. Saltó la valla que hay detrás de esta manzana, corrió hacia la vía y lo arrolló un mercancías.
-¿Está muerto?
El sargento soltó una palabrota entre dientes.
-Entonces no podemos estar seguros - comentó -Quiza, después de todo, no era más que un ratero.
-Ya lo verá - dijo el policía- Hanson trae su bolsa. Cayó lejos de el cuando el tren le embistió.
En aquel momento, otro policía entró con la bolsa. El sargento se la quitó de las manos y la puso sobre el mostrador.
-¿Era ésta la que llevaba? - me preguntó.
-Sí.
La voz se me pego a la garganta. Me volví, no quería ver como el sargento abría la bolsa. Ni quería ver sus rostros cuando miraran dentro. Pero, naturalmente, les oí. Creo que Hanson se mareó.
Di al sargento mí declaración oficial, tal como me pidió. Quería un nombre y una dirección y se los di. Hanson tomó nota de todo y me hizo firmar.
Le conté la conversación con el desconocido, toda la teoría del asesinato como manía o pasatiempo, la idea de elegir a los desgraciados de este mundo como víctimas, porque nadie les echaría en falta.
-Suena a loco, cuando se habla así, ¿verdad? Yo todo el tiempo creí que hacía comedia.
El sargento miró la bolsa y luego me miró a mí:
-No era comedia. Era, probablemente, la manera de funcionar de la mente de un asesino. Conozco bien su historia..., todos los de la Policía han estudiado los casos de el Sajatorsos, durante años. La historia concuerda. El asesino dejó la ciudad hace veinte años, cuando
la cosa se puso dificil. Probablemente se alistó en Europa y, tal vez, se quedó en los países ocupados cuando terminó la guerra. Después sintió la necesidad de volver a empezar de nuevo.
-¿Por qué? -pregunté.
-¡Quien sabe! Puede que para el fuera un pasatiempo. Una especie de juego. Quizá le gustaba ganar trofeos. Pero imagínese el valor que tuvo, metiéndose en plena Convención de jugadores de bolos y llevando a cabo semejante cosa. Con una bolsa para poder llevarse...
Imagino que se fijó en mi expresión, porque apoyó su mano en mi hombro.
-Perdóneme. Comprendo cómo se siente. Estuvo en gran peligro, hablando así con él. Probablemente el más inteligente de los asesinos psicópatas que jamás hayan vivido. Considerase afortunado.
Asentí y me dirigí a la puerta. Todavía podría alcanzar el tren de medianoche. Coincidía con el sargento sobre el riesgo corrido, y sobre el más inteligente de los asesinos psicópatas del mundo.
También estuve de acuerdo en lo afortunado que era. Quiero decir cuando, en el ultimo momento, el ratero salió huyendo de la taberna y yo le entregue la bolsa que goteaba. Fue una suerte para mí que jamás pudiera darse cuenta de que había cambiado mi bolsa por la suya.
El momento más desenfadado del funeral llegó cuando ya todos habían abandonado la iglesia. La viuda agarró la corona, se plantó en la puerta, de espaldas a familiares y amigos, y la arrojó.
La corona cayó sobre don Antonio Cifuentes, un joven empresario amigo del difunto. Según la simpática tradición, Cifuentes será el próximo en morirse. Como ya apuntaron los asistentes, este hombre aún no ha cumplido los cuarenta y cinco, pero se le ve avejentado. Se cuida poco, tiene sobrepeso y no hace nada de ejercicio. Es lo que tiene tanto trabajar: todo el día comiendo fuera e hinchándose a salsas y a fritos, sin tiempo para dedicarse a uno mismo.
Cifuentes dejará viuda y dos gemelas de seis años, pero lleva su muerte con buen ánimo. "No soy supersticioso --afirma--, pero sí amante de las tradiciones de mi tierra. Si hay que morirse, pues me muero y punto, ya ves tú qué problema". El casi difunto asegura que lo dejará todo bien dispuesto para cuando se vaya. "Sobre todo por mis hijas. No quiero que les falte de nada".
La futura viuda no dudó en asegurar que "este tío es tonto. Y un cabezón. Ahora por no quedar mal está dispuesto a morirse. Sólo por el qué dirán. Tendría que haberle hecho caso a mi madre y haberme casado con Javier, que era pobre, pero al menos no era tan imbécil. Pero, ay, me dejé cegar por la boyante fábrica de grapas que acababa de abrir mi Antonio".
Este cronista ha buscado al tal Javier por toda la comarca. Sin éxito. Mucho nos tememos que la pena ha hecho enloquecer a la futura viuda de Cifuentes, llevando a que su débil cerebro creara una fantasía que le permitiera sobrellevar con algo de entereza la terrible pérdida a la que se enfrentará.
Como todo el mundo sabe, la regulación es excesiva en este país. Los políticos chupasangres e intervencionistas no hacen más que meter la mano en nuestros bolsillos, los bolsillos de empresarios honrados y osados, para robarnos nuestro dinero sin ningún tipo de miramiento y encima esperando que les demos las gracias.
Por ejemplo, recientemente he tenido que paralizar un proyecto que tenía entre manos, por culpa de lo ocurrido con Afinsa y Fórum Filatélico. Los clientes potenciales de mi empresa estaban escamados tras las medidas opresoras llevadas a cabo por los jueces. Si no existieran esas leyes liberticidas, yo también podría haberme hecho rico y no sólo esos enchufados de los sellos.
Por a alguien le interesa, Pantuflo Investments era una inteligente apuesta por las inversiones en los ramos de la numismática y la colombofilia. No descarto ponerla en marcha durante la segunda mitad del año, así que mis lectores pueden ir enviándome esos cien mil euros que les queman en el bolsillo y con los que no saben qué hacer. Yo sí que lo sé: ingresarlos en una cuenta de las islas Caimán.
En todo caso, me comprometo a devolverles el doble en un plazo de treinta años. Palabra.
No es el único negocio que estoy montando. Puedo conseguirle la invalidez y la consiguiente pensión a cualquiera que tenga los dos dedos de frente que bastan para darse cuenta de que trabajar es una pérdida de tiempo. Sólo necesito treinta mil euros. El bate de béisbol lo pongo yo. El esfuerzo lo pone un amigo mío que es muy brutote.
Es importante señalar que la pensión se consigue en un noventa por ciento de los casos y que ninguno de mis clientes ha acabado nunca en la cárcel. Mi amigo, sí. Pero es que a veces se emociona. Pone mucha pasión en su trabajo. Le pone tanta que a veces le cuesta distinguir cuándo un cliente ha llegado a la invalidez total o, directamente, a la muerte.
También tengo otra idea entre manos que es absolutamente genial. Se trata de montar una empresa de colectas. Contrataría a cientos de jóvenes y jóvenas de buen ver que se pasearían por las ciudades españolas y, quién sabe, europeas, con huchitas y pidiendo un donativo. Quizás algún desconfiado pregunte algo así como "¿y para qué es esta colecta?", a lo que mis simpáticos y adiestrados empleados contestarán: "Coño, pues para recoger dinero".
Por supuesto, necesito socios capitalistas. Cualquier persona interesada puede ponerse en contacto conmigo para pedirme los datos bancarios y enviarme la cantidad que consideren apropiada. Para simplificar la estructura empresarial, he pensado en quedarme con todas las acciones e ir pasando a los socios un porcentaje de los beneficios que oscilaría entre el 0 por ciento y el 150 por ciento, a determinar en junta de accionistas por votación (de los accionistas).

De toros
El diario 20 minutos ha decidido dejar de publicar noticias taurinas (vía Elías). En una línea similar, yo he decidido no hablar de fútbol en este blog, excepto para insultar a los forofos.
El caso es que yo fui cronista taurino. Y eso que me gustan los animales. Poco hechos, además. No duré mucho, pero aún guardo la --sí, LA-- crónica que escribí, hará cosa de un par de años. La reproduzco, a pesar de su escaso interés.

"La corrida (ja ja ja) de José de la Rueca, el niño de Chernóbil, abre la tarde. Mientras me tomo un finito al que me invita la afición de la Maestranza, veo cómo el torero se planta en medio de la plaza con un pijama ridículo y un mantel rojo. "Será muy hombre --comento-- pero lleva los pantalones de color oro y rosita". "Venga, dale al fino" es la única respuesta que me dan.
Sale el primer toro de la tarde, negro y gordo, babeando furia y buscando al niño de Chernóbil con los pitones limados y la vista perdida, toda endrogada. De la Rueca se acerca al bravío animal español, que se desploma, vomitando. La resaca no se la quita nadie. El público tira un par de... ¿son cojines? ¿Por qué tiran cojines? A mí me cae más fino.
Más fino llega también el segundo de la tarde, del redil de los Osborne. Los toros de Osborne son machos, salvajes y nerviosos. Los animales de este criador son tan bravos que sus vacas no dan leche, dan ese coñac que cuando te lo bebes te salen pelos en el pecho.
De la Rueca tiene problemas para controlarlo, aunque le endosa un par de verónicas y una media chicuelina que lo dejan mareado. Buena faena de los banderilleros, aunque a uno se le escapa uno de los pinchos esos y deja tuerto al concejal de urbanismo, para disfrute del público, que recibe la estocada accidental con aplausos. El picador se dedica a lo suyo, a picar, y le dice al toro cosas como "va, venga, cornéame, cobarde, va, no tienes lo que hay que tener, ¿eh?", y demás.
El toro, enfurecido por las heridas y los insultos, brama bravo contra los comunistas que están rompiendo España. De la Rueca pierde la concentración, mientras el toro cornea con su lengua bañada en sangre a vascos y a catalanes, a socialistas y a okupas, a gente de mal vivir en general. Valiente, De la Rueca se acerca al toro, casi besándole, y le habla de los éxitos de Zapatero. "Ya no estamos en Iraq --le suelta-- y Eta se rinde".
Interludio. Sale el alegre y bravo ballet de hipopótamos enanos. Durante algún tiempo se puso en duda que este número fuera apropiado para el ambiente --¿ambiente?-- hombruno --ah, ambiente... hombruno-- que se vive en las plazas, pero lo cierto es que el público acoge con aplausos y lágrimas de emoción la interpretación que estos hipopótamos hacen de un fragmento de La señorita y el gamberro, de Shostakovich.
Los puristas, indignados, aprovechan para estirar las piernas y, como su propio nombre indica, encenderse un puro. Son pocos, pero los puros huelen tanto y tan mal que uno de los hipopótamos protesta, alzando lo que sería un puño si no se tratara de un hipopótamo. Ah, la eterna lucha entre fumadores e hipopótamos.
Termina el espectáculo y vuelve el toreo. El fino va cayendo mientras la dialéctica domina la arena. Los señoritos de la sombra están con el toro. Los descamisados del sol, con el torero. Con tanto fino, tengo que dejar mi asiento y hacer algo que nadie puede hacer por mí. Tropiezo y ruedo escaleras abajo. Quedo tendido en el tendido.
En el hospital, ya cuando salgo de entre las brumas, me dicen que fue una buena tarde y que el cuarto toro salió a hombros, después de comerle el hígado a Joseli el Garrulo y de cornear a tres tipos del público. Indultaron al torero, aunque sigue pendiente el juicio por conducir borracho. Hablando de conducir, el toro Ferrari pilotado por Michael Schumacher consiguió la vuelta rápida, para alegría de los tifosi que tiñeron de rojo las gradas de la Maestranza."

Por algún extraño motivo, los del diario no me volvieron a llamar. Ni siquiera publicaron la crónica. Y siguen poniendo excusas ridículas para ahorrarse el pago convenido.
En todo caso, que quede claro que me ofrezco voluntario para redactar crónicas taurinas en el diario 20 minutos. Incluso futbolísticas. Porque también fui cronista deportivo. Recuerdo aquella que comenzaba: "El fútbol es para imbéciles y los campos están llenos cada domingo..." Tampoco fue bien recibida. Temas políticos, claro, siempre me censuran por temas políticos. No soportan a los independientes. Ya me lo dicen en el partido, que diga que soy independiente para que así no me soporten. Concretamente, me dicen, y copio del correo del secretario de organización: "Tú diles que vas por libre, así das la imagen de que somos un partido plural y todas esas tonterías que les gustan tanto a esos cretinos que nos votan".

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Jaime, martes, 16. mayo 2006, 08:54
El yuan
El yuan se ha revalorizado hasta niveles que no se alcanzaban en los últimos diez años. Centenares de millones de chinos han salido a las calles a celebrarlo, con el consiguiente peligro para el suelo del país*.
Hasta que ha llegado la policía y ha matado a unos cuantos. Por comunistas. Luego la policía se ha dado cuenta de que China en sí y también sus fuerzas del orden son comunistas o al menos quieren lucir ese adjetivo. Tras unos momentos sin duda embarazosos, los policías han decidido negar haber cometido los asesinatos. Incluso han asegurado que, en todo caso y habiendo tanto chino, no se notarían unas pocas muertes.
Los cadáveres, atemorizados por el régimen dictatorial del gigante asiático (China, por si alguien no ha entendido mi poco usada metáfora) han optado por guardar silencio, dando así la razón a sus opresores.
Es lo que tienen las dictaduras sanguinarias: pocos se atreven a alzar su voz contra los tiranos. Aun muertos. Pero, cobarde, ¿qué van a hacer si les llevas la contraria? ¿Asesinarte?

*Recordemos que, según Jakob Adenauer, el exceso de peso de tanta gente sería una de las pruebas de la inexistencia de China.

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Jaime, miércoles, 3. mayo 2006, 12:40
Sexismos
Obsesionado como estoy por la igualdad de sexos, en una ocasión le pedí a una joven que me pagara la cena. La mujer aseguró no conocerme y no estar cenando conmigo. Puede que esto fuera cierto, pero el resultado fue que, una vez más y debido al machismo imperante y a la excesiva comodidad de algunas mujeres que aún no han asimilado los cambios sociales que se han vivido durante las últimas décadas, me vi obligado a desembolsar una cantidad no poco importante de dinero por una cena más bien mediocre. La ensalada era digna de un restaurante de playa, el solomillo estaba demasiado hecho y la mousse de tres chocolates era más vulgar que un postre infantil de la Menorquina.
En fin.
Qué asco de mundo machista.
De todas formas, hay que reconocer que entre hombres y mujeres hay diferencias insalvables. A no ser que intervenga la cirugía. En todo caso, hay algo que un hombre jamás podrá hacer, por mucho que le operen: llevar vida dentro. Siempre y cuando no se trague una ostra cruda. De todas formas, esas ostras no aguantan mucho. Ah, y las bacterias intestinales no creo que cuenten como "vida".
Oh, sí, el milagro de la vida. Uno de los milagros más importantes que existen. Si no hubiéramos nacido, probablemente no estaríamos aquí. Qué razón tienen quienes dicen que una madre no puede ser mala, simplemente por el hecho de ser madre. Ahí están Hitler, Castro, Stalin, Gengis Kahn, Alejandro Sanz... Personas malvadas que jamás fueron madres. Si hubieran llevado vida en su seno, la sensibilidad les hubiera cambiado del todo. La sensibilidad, entre otras cosas.
Es verdad esa otra cosa que dicen --hay que ver la cantidad de cosas que se dicen al cabo del día, es un no parar--: los hombres jamás sabremos lo que significa ser madres. Ni ser sardinas, por otro lado. Ni bicicletas. Ni cuadernillos de caligrafía. La de experiencias que atesoran los cuadernillos de caligrafía y nosotros moriremos sin experimentarlas.

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Jaime, martes, 18. abril 2006, 09:33
Aburrir
Un escritor no puede permitirse el lujo de aburrir. Jamás. Dicen que el aburrimiento puede ser creativo y quizás esto no deje de ser cierto, pero la verdad es que el aburrimiento, sobre todo y ante todo, es aburrido. Por tanto, es importante no aburrir. Aburrir es de mala educación. Y además es aburrido. Es terriblemente monótono. Cuando uno se aburre, bosteza, menea el culo y lee en diagonal. Es fundamental evitar que la gente se aburra leyendo los textos de uno. Por ejemplo, hay que evitar las repeticiones. No se puede ir repitiendo la misma idea. Aunque cambien las palabras, uno aburre si repite el mismo concepto una y otra vez. No es bueno repetirse. Repetirse aburre. Y no está bien eso de aburrir. Es aburrido. Para evitar aburrir a los demás es importante, por ejemplo, no repetirse. Jamás. Nunca. En ningún caso. Nada de repeticiones. No es aconsejable repetirse. Con las excepciones oportunas, mejor si no nos repetimos. Repetirse aburre. Y uno pierde lectores cuando aburre. La mayoría se suicida. La gente se tira por las ventanas, se pega un tiro, se arroja a las vías del tren, se corta las venas con cortauñas y, por tanto, poco a poco. Y todo eso porque se aburre. Sé de gente que incluso prefiere trabajar a aburrirse. Claro que se trata de enfermos. Porque, al fin y al cabo, trabajar es aburrido. Trabajo porque en casa me aburriría, dice alguno. Imbécil. ¿Y no te aburres más en el trabajo? ¿Esa es la vida interior que tienes? ¿La de una patata? Dicho sea con todos mis respetos por las patatas, esos tubérculos tan importantes para la cultura y la civilización, sin los cuales no tendríamos la tortilla de patatas o las patatas fritas. Una palabra curiosa, tubérculo. Suena feo. Por lo del culo al final. Tuber. Culo. Tú ver culo. Eso si hablas como los indios. Tubérculo. Tuberculo. Tubería. Culo. Tubo. Tuvo. Ver. Culo. Culo. Culo... Oh, ¿seguís ahí? Perdón, estaba... er... estaba... Bueno, estaba.
Decía que a nadie le gusta aburrirse. A todo el mundo le apetece vivir una vida chisporroteante y excitante. Sin repeticiones. Ni reiteraciones. Ni redundancias. Ni repeticiones. Ni tampoco repeticiones. Ni repecticiones. La excepción: una tribu de la Patagonia, que considera de buena educación aburrirse en presencia de adultos, siempre y cuando uno haya comido antes carne de búfalo, condición que no se da a menudo, ya que la carne de búfalo escasea en la Patagonia por culpa del cambio climático. Y es que el tiempo está loco. Un día tienes frío y el día siguiente, calor. Gracias a la calefacción central y al aire acondicionado conseguimos trampear estas sensaciones contradictorias. De todas formas, el clima siempre está ahí, como valioso recurso para llenar vacíos en conversaciones absurdas con gente a la que sólo le diriges la palabra por pura obligación, al estar, por ejemplo, atrapado en un ascensor o en una reunión de antiguos alumnos, o sea, una de esas cenas ridículas en las que siempre te toca sentarte al lado del tipo soso con gafas que nunca habla con nadie --¡ni siquiera del tiempo!--, y eso cuando tú mismo no eres ese tipo soso con gafas y te das cuenta y gritas y sales corriendo y jamás te vuelven a llamar. Entonces te despiertas y resulta que sólo era una pesadilla: nunca has ido --ni irás-- a una reunión de antiguos alumnos. Entre otras cosas porque tus padres no tenían dinero para pagarte una educación y te pusieron a trabajar a los seis años.
¿De qué estaba hablando? Ah, sí, del aburrimiento. Lo peor del aburrimiento es que es aburrido. Si no fuera por eso, uno podría aburrirse sin temor a aburrirse. Pero no es el caso.

Éxito
Alberto Lomares nos recibe en su despacho del piso cincuenta y siete de un edificio que no tiene ni treinta plantas. "Hay que sudar mucho para llegar aquí. Y no es sólo una metáfora. Pero fíjense en qué vistas tenemos los ricos". Miramos por las ventanas y a lo lejos apreciamos la silueta de unos camellos paseando por los desiertos de la península arábiga.
Lomares sabe lo que es el éxito. Y no nos referimos a formar una familia feliz o a contar con un puñado de buenos amigos. Eso son sucedáneos baratos que apenas suponen un consuelo para los mediocres. Lomares conoce el éxito de verdad, el éxito con mayúsculas: el ÉXITO, en definitiva.
Este joven empresario de apenas sesenta y cuatro años heredó una fábrica de lupas que había estado en su familia durante generaciones. "Era un mal momento para las lupas --explica--, los detectives casi no las usaban y la filatelia cada vez era menos popular. Había que reconvertir un negocio que apenas me proporcionaba setecientos millones de euros netos al año. Era renovarse o ser el hazmerreír en las cenas de empresarios".
El presidente de Lomasa tuvo una idea genial, de esas que sólo tienen las personas que conocen el ÉXITO: convertir aquella vieja fábrica de lupas al borde de la quiebra en una fábrica de lupas con los mangos de colores.
"Tuve que trabajar duro --explica--. Había días que llegaba a la oficina a las nueve en punto y no tomaba ni un solo café hasta las once y media. Y luego seguía hasta la hora de comer. Después de almorzar, me quedaba dormido en el sofá, extenuado, con el cerebro rebosando de ideas para mi negocio y para la campaña de publicidad".
Algunos igual recuerdan esta campaña. Carteles por todas las autopistas con el ingenioso eslogan: "Compre Lupas Lomasa".
Las lupas de colores se vendieron menos que las negras, con lo que Lomares contó con una excusa para despedir a la mitad de los trabajadores y ahorrarse tanto dinero que desde entonces en los bancos le llaman de usted y le dejan saltarse la cola.
Este humilde cronista fue testigo en una ocasión de este trato preferente, mientras era azotado por el señor bajito que está dentro de los cajeros automáticos. "¡Sólo tenemos billetes de veinte y de cincuenta! --decía, mientras me golpeaba la cabeza una y otra vez con una porra de goma-- ¡No te pienso dar treinta euros, saca veinte o cuarenta, estúpido, que has formado una cola de diecisiete personas!"
Al final saqué dos de veinte, rompí uno por la mitad y volví a ingresar la parte que no necesitaba.
Todo un ejemplo, el de este hijo del ÉXITO.
Me refiero a Lomares.
No aconsejo seguir mi ejemplo en absoluto. No aceptan medios billetes en todas las tiendas. Sí en las zapaterías. Pero sólo me dejaron llevarme un zapato. El otro lo podré recoger cuando entregue la mitad que falta del billete.
Los zapateros nos extorsionan. Por eso aprietan y rozan tanto los zapatos nuevos. Para recordarnos que los zapateros son personas malvadas que quieren billetes enteros.
Dejo aquí mi escalofriante testimonio por si pudiera ser de utilidad a personas que se encuentren en la misma situación que yo.
Dónde habrá aprendido eso
A: Je, je, estos niños… Qué ocurrencias. Ahora, que vaya lenguaje.
B: Le aseguro que no lo ha aprendido en casa.
A: En el colegio, habrá sido. Los colegios de hoy en día son un asco.
B: Una puta mierda
A: Y los profesores, unos cabronazos.
B: Suerte que el niño es listo.
A: Si es que parece que no, pero los niños de hoy en día son muy listos, lo aprenden todo más deprisa, y no como en nuestra época, que éramos unos ignorantes y unos inocentones.
B: Claro, pero ahora con la tele y con la internet esa...
A: Pues sí, se vuelven unos tontos del bote, que no tienen ni idea de nada.
B: Unos ignorantes que ni siquiera saben cuál es la capital de Bangladesh.
A: ¿La capital de qué?
B: Y además se drogan todos en seguida, que el otro día leí que comenzaban a esnifar marihuana a partir de los nueve años.
A: Eso en nuestra época no pasaba.
B: Qué va. A mí, mi padre me pillaba inyectándome porros y me sacudía una hostia que me arrancaba la cabeza.
A: A mí una patada que me rompía las piernas. Las dos. De una sola patada. Lo hizo una vez. Me pilló fumando cocaína.
B: Pero, claro, ahora no se les puede ni tocar y así salen.
A: Unos consentidos.
B: Drogadictos.
A: Ladrones.
B: Esquinjeds.
A: Inmigrantes.
B: Negros.
A: Como el carbón.
B: Y chinos.
A: Y chinos. Que hay niños chinos por todas partes.
B: Especialmente en la China.
A: En Asia en general.
B: Claro, con el retraso que hay... Una pena que no tengan niños europeos. Les cuesta más integrarse.
A: Ya se lo encontrarán cuando crezcan.
B: La vida les va a dar todos los palos que no les dieron sus padres.
A: Tarde o temprano.
B: Y más temprano que tarde.
A: Mejor, que aprendan.
B: Que aprendan.
B: Putos niños negros.
A: Vienen a imponer su cultura.
B: En lugar de adaptarse.
Jaime Rubio fue juzgado anoche por no reciclar. El juicio se celebró a las tres de la mañana para evitar que una violenta turba de ecologistas se lanzara sobre el acusado y lo linchara como este cronista cree modestamente que merece.
Rubio comenzó asegurándole al juez que quería defenderse a sí mismo. Sin embargo, el magistrado le negó esta petición, alegando que el caso era demasiado complicado y serio como para que el acusado se pudiera arriesgar a no tener una defensa justa y adecuada. Así pues, le representó un abogado de oficio, Telesforo Domínguez, famoso por ser el primer chimpancé en licenciarse en Derecho.
Durante el interrogatorio al que le sometió el nunca bien ponderado fiscal, Rubio admitió los cargos: "No reciclo porque es demasiado difícil. ¿Dónde pongo el polietileno? ¿Eh? ¿DÓNDE, MALDITO BASTARDO, DÓNDE? ¿Ves como no es tan fácil?" El fiscal le aseguró que con los plásticos y le propinó una sonora bofetada.
Rubio adujo que había intentado reciclar durante casi un mes: "Pero con tanto cubo y con el lío de los horarios, les aseguro que el mundo se me vino encima. Fíjense, traigo el parte de lesiones que prueba este accidente". De todas formas, el documento sólo confirmaba que lo que le había caído encima era el norte de Suecia y no el mundo entero.
El fiscal añadió que reciclar requería un esfuerzo, sí, pero que este trabajo se veía prontamente compensado por la satisfacción de haber salvado el mundo. "Aprenda de los alemanes --explicó--, gracias a ellos se han salvado hasta el día de hoy mil doscientas cuarenta y siete focas y veintitrés ballenas". El chimpancé Domínguez adujo que no España no es Alemania, a lo que el juez le dio la razón. "Los alemanes --dijo-- son otra cosa. Saben trabajar, y no como aquí". "Tienen otros horarios", añadió el fiscal. "Claro --dijo el juez--, es que es otra cultura". "Centroeuropea", concretó el mono.
El abogado de Rubio centró su alegato en su experiencia como chimpancé: "Los monos, igual que todos los seres vivos, dependemos del reciclaje para sobrevivir. Un día de estos el mundo explotará por culpa de gente como Jaime Rubio. Sí, merece un castigo, pero también nuestra compasión. Es un pobre borracho que no duerme las horas que necesita y cuyo único amigo es un pececillo de colores que lleva tres días muerto".
El discurso emocionó al juez, que condenó a Rubio a la pena mínima: diez años de trabajos forzados en una planta de reciclaje, fabricando abono a partir de restos orgánicos.

Inteligencia según la definición del diccionario de la Real academia de la lengua.

1. f. Capacidad de entender o comprender.
2. f. Capacidad de resolver problemas.
3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender.
4. f. Sentido en que se puede tomar una sentencia, un dicho o una expresión.
5. f. Habilidad, destreza y experiencia.
6. f. Trato y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí.
7. f. Sustancia puramente espiritual.

¿Son estos realmente los auténticos significados de la inteligencia?
Acudir al diccionario en búsqueda de la explicación de un término es algo constructivo, interesante y enriquecedor, y yo no lo pondré en duda. Pero buscar la definición de inteligencia entre los márgenes de sus hojas, creo que es algo más complejo.

Cuando hablamos de inteligencia… ¿Estamos hablando de esas acepciones?, o ¿estamos hablando de algo diferente?.

¿No podríamos definir la inteligencia de otros modos? Como por ejemplo la capacidad para relacionarse con los demás, o la capacidad de supervivencia de un individuo o especie.

Es más, centrémonos un segundo en esta última acepción. Capacidad de supervivencia:
El ser humano presume de ser el animal más inteligente sobre la faz del planeta. Sobre eso no pone discusión alguna, y reafirma su idea con el ejemplo de que en cualquier momento y en cualquier lugar, es capaz de exterminar a cualquier otra raza animal.
Esto no es capacidad de supervivencia; es capacidad de dar muerte. Todos sabemos que un cocodrilo es capaz de matar a un chimpancé, pero no por esto nos atreveremos a afirmar que es más inteligente el cocodrilo.
El hombre se pierde en su orgullo. Si realmente el significado de la inteligencia fuese la capacidad de supervivencia; los hombres seriamos auténticos gilipollas. Pues no hay ninguna otra raza en este planeta que corra el mismo riesgo que el hombre de desaparecer y extinguirse de repente y para siempre, debido por ejemplo a una catástrofe nuclear o a una epidemia bacteriológica.

Creo que la inteligencia es demasiado relativa para definirse, y por supuesto aun más para medirse. Por eso siempre he considerado una solemne estupidez las calificaciones de los tests de inteligencia basados en cálculos matemáticos.
Un ejemplo claro seria pensar que si Einstein hubiera sido sometido a un test para el coeficiente de inteligencia, sin duda alguna habría obtenido las máximas calificaciones. Pero si el sometido hubiera sido William Shakespeare, seguramente no habría obtenido tan altos resultados. ¿Querría decir esto que Shakespeare era menos inteligente que Einstein?
Por favor seamos serios.

Otra de las manías del hombre en su tozudo camino a inculcarse la inteligencia absoluta es recalcar el uso de la tecnología. Presume constantemente de que nuestra tecnología nos ha dado el poder sobre las otras especies. De lo que no presume es de la carencia de libertad que ese mismo poder tambien nos ha brindado… Aun así este tema lo dejare para otro día.
La tecnología nos ha dado poder, si es cierto, pero también es cierto que precisamente la tecnología ha sido la culpable de la invención de la bomba atómica, y posiblemente el día que nos vayamos al carajo debido a una explosión nuclear habrá sido también a causa de nuestra inteligencia, perdón tecnología.

Los más urbanitas tienden a buscar una acepción de la inteligencia relacionada con el placer. Consideran que somos inteligentes por que hemos sabido organizar tan a la perfección nuestras vidas, que hemos superado los males de la naturaleza. Y gracias a nuestro esfuerzo, trabajo, y normas sociales, ahora vivimos en comodidad en nuestras lujosas casas, dormimos en nuestras cómodas camas, y comemos en nuestras elegantes mesas...
Claro que también hay quien duda que trabajar cinco días a la semana durante cuatro semanas al mes, once meses al año durante cincuenta, años para acabar sentados en un parque tomando el Sol como los lagartos, sea lo mas inteligente que ha hecho jamás el hombre
Pero claro para gustos los colores.

De entre todas las acepciones posibles a la inteligencia yo me quedaría posiblemente, con la creatividad. Creo que seria lo más cercano (quizás) a mi definición de inteligencia. ¿El motivo? Sencillo:
Todo el mundo puede aprender o memorizar algo.
Pero para aprenderlo antes alguien tiene que haberlo descubierto y entendido.
Así son los hombres: sus manías y virtudes

Todos sabemos que los hombres y las mujeres somos muy diferentes en muchos aspectos. Si analizamos los mitos que rodean a cada sexo tendríamos mucho que discutir, sin embargo, está claro que estos mitos surgen porque una gran mayoría cumple esas características o al menos las a cumplido durante mucho tiempo.

Hacer generalizaciones es cometer un error, pero en nuestra sociedad está muy establecido que las mujeres son “mandonas, cotillas, sensibleras, etc” y que los hombres son “poco románticos, inmaduros...”

No hay que generalizar
¿Qué tienen de verdad estas afirmaciones?, ¿realmente nuestros chicos son inmaduros al 100%?, ¿todos son poco románticos?, ¿ninguno sabe escuchar? Y sobre todo, si son así, ¿qué podemos hacer las mujeres para que cambien?
Ya sabemos que no se pueden sacar conclusiones generales de hechos particulares, es decir, no podemos llegar a una conclusión porque algo haya sucedido una vez. Eso no significa que vaya a suceder siempre. Aunque esto está claro, también es cierto que si tenemos a menudo esa tendencia y entonces generamos ideas irracionales sobre algunas cosas.
Por ejemplo: si mi pareja olvida un día nuestro aniversario, no podemos concluir que es poco romántico o que no nos quiere o que no se responsabiliza. Necesitaremos muchas otras pruebas para llegar a esa conclusión. También debemos dejar de lado comentarios y alusiones de otras amigas respecto a sus parejas ya que pueden ayudar a fomentar ideales rígidos respecto a como son los hombres en general.
Te recomiendo que te centres en el tuyo y te dediques a mejorar vuestra relación de manera individual, sin utilizar ejemplos de otras parejas ya que cada persona es diferente y solo puede ayudar para que se formen malos entendidos y comparaciones odiosas.

Los hombres y el sexo
Uno de los mitos más extendidos respecto a los hombres, es su interés excesivo por el sexo.
Desde siempre ellos han tomada la iniciativa y a las mujeres se nos ha educado para ser comedidas y no alardear de nuestras relaciones ya que estaba mal visto, eras “una fresca”, etc. La mujer siempre ha estado recluida y se ha tratado el tema como algo tabú. Así es como se forma el mito de que el hombre es más promiscuo o le gusta más tener relaciones.
En los tiempos que corren, este mito va desapareciendo, con la liberación de la mujer y la extensión de los métodos anticonceptivos, la mujer a tomado un papel importante en este tema y es libre para actuar como prefiera. Es cierto que somos todavía las propias mujeres las que criticamos a las más promiscuas, pero el deseo es el mismo para todas.
Al igual que el hombre, estamos preparadas para disfrutar del sexo y no por ello nuestros chicos son obsesivos del tema. Cada vez estamos más igualados y es un tema prioritario para ambos sexos cuando se inicia una relación. Ellos siempre han sido más libres al respecto y han tenido menos miedos, se les ha fomentado desde muy pequeños y de ahí que parezcan más interesados, qué hablen más del tema, etc. Pero la realidad es que todos estamos interesados por igual, ¿o no?
No taches a tu pareja de liberado o de obsesivo. Analiza tus sentimientos y busca en tu interior. ¿Utilizas el sexo como modo de manipulación?, ¿le niegas el contacto físico como castigo por una discusión? Si haces algo de esto realmente no es porque él sea un obseso y a ti no te interese, sino porque buscas algo con lo que fastidiarle.

¿Tú tienes problemas sexuales?
Si tienes problemas sexuales, timidez, falta de apetito sexual... No etiquetes a tu pareja de lo contrario, tal vez tu tengas el problema y no él. Ojo con estos mitos , pueden hacer mucho daño y generalizar algunos aspectos que no son reales.
Por ejemplo, cuando utilizas las frases “es que siempre tiene ganas”, “no necesita nada, siempre le apetece”, piensa si esto es cierto, ¿seguro que siempre , siempre? ¿alguna vez no ha querido? ¿con qué frecuencia? ¿se puede considerar como normal?
Tal vez no estéis en sintonía respecto a este tema y tengáis que equilibrar la balanza hasta llegar a un punto intermedio. Buscar la satisfacción de ambos haciendo un pequeño esfuerzo cada uno. Él para disminuir la frecuencia y tú para aumentarla.

Ayúdale a comentar sus problemas, miedos inseguridades, no des por hecho que siempre está bien y que es duro como una piedra, porque puede que se lo esté tragando y luego salga hacia fuera de la peor manera

Falta de romanticismo
Otro mito con el que se ha tachado a los hombres desde siempre ha sido la falta de romanticismo, su poca delicadeza y sentimientos para con las chicas y su sentido de la hombría. Al igual que ocurre con el sexo la educación es la que manda.
Siempre se ha reforzado en los hombres el ser valientes. Ya los príncipes azules hacían frente a los dragones y salvaban a la princesa y nunca desfallecían, no se les permitía tener miedo. La famosa frase “los hombres no lloran” ha calado hondo en los varones desde hace muchos años y ahora les resulta difícil ser distintos, aunque la sociedad se lo esté demandando. Por suerte todos vamos cambiando y evolucionando.
Igual que las mujeres dejamos de ser tan emotivas y lloronas y somos más resolutivas, los hombres se van permitiendo el ser débiles y sensibles, aunque todavía les cuesta. No es fácil que te tachen de homosexual por echar una lagrimita o por no tener fuerzas para enfrentarte a un problema.
Desde luego, es humano que esto suceda y no podemos luchar contra la naturaleza del ser humano, civilizado, racional y emotivo. Nosotras por lo que nos toca podemos ayudar a nuestras parejas a que expresen sus sentimientos . Cuando nosotras estemos mal podemos expresarnos y contarles todo lo que sentimos, para que nos tengan como reflejo y puedan imitarnos cuando les suceda lo mismo. Ayúdale a comentar sus problemas, miedos inseguridades, no des por hecho que siempre está bien y que es duro como una piedra, porque puede que se lo esté tragando y luego salga hacia fuera de la peor manera. Aguantar sentimientos negativos y no expresarlos hacia fuera es un modo de generar a largo plazo un trastorno emocional tipo depresión, ansiedad, etc.

Aprender a ponerse en el lugar del otro
Debemos aprender a ponernos en el lugar del otro y a aprender que las diferencias entre los dos sexos se dan desde hace mucho tiempo y que aunque queramos cambiar para bien, a ambos nos cuesta quitarnos de encima las etiquetas generalistas que se nos han colocado desde la prehistoria.
Si alguna característica concreta de tu pareja te molesta especialmente y has comprobado que no se trata de un mito sino que tienes pruebas que te demuestran que es real.
Tendréis que negociar y llegar a acuerdos para que los dos podáis estar contentos y satisfechos.
Si algunos comentarios y actitudes de tu pareja no te gustan tienes que hacérselo saber cuanto antes y no permitas que te etiquete a ti con los mitos de todas.
Todos estamos de acuerdo que hay unas características generales que nos describen a todos los del mismo sexo, pero luego están las diferencias individuales que son con las que tenemos que trabajar día a día en nuestras vidas para poder sobrevivir en pareja y en la vida.

Con el mismo rasero.
Una de las cosas a las que me dedico cuando no estoy follando por ahí con tíos que aguantan más de un polvo, es a acudir, una vez al mes, a una asociación de mujeres maltratadas.

Cuando me planto frente a ellas para explicarles por qué llevan esas cicatrices en el alma, me siento tan ridícula como un tío a quien no se levanta la primera noche que pasa junto a su novia. Más que ridícula: impotente.

Nada de lo diga, exprese, intente, puede borrar de sus rostros ese horror vivido. Algunas acuden a esas charlas desde hace años. Y siguen preguntándome por qué el hombre que amaron acabó hostiándolas con tanto odio.

Nunca doy con la respuesta que esperan escuchar. Supongo que sus expectativas son demasiado altas: ellas quieren sentir alivio. Y no hay alivio para el miedo.

El gran factor común de todos ellos, de esos que amaron y acabaron odiándolas, es su rechazo a aceptar que ellas pudieran pensar y actuar como ellos.

No hablo de igualdades en derechos y obligaciones. De eso entienden mucho más políticos, abogados, jueces o senadores.

Yo entiendo de actitudes.

Ni siquiera de sentimientos. Los sentimientos son tan subjetivos que equiparar unos a otros es absurdo: nadie puede entender cómo yo amo ni por qué lo hago. Pero todo el mundo puede comprobar cómo lo hago.

A veces es sólo una cuestión de rasero: no se utiliza el mismo para hombres y para mujeres. En el extremo que acaba llevando a la locura de la violencia hacia la persona amada, el hombre no entiende que la mujer pueda tener actitudes no entendidas socialmente como femeninas: la mujer a la cocina, ¡qué coño!

Pero no vayamos tan lejos.

Bastante revuelta vuelvo de mis charlas supuestamente terapéuticas.

Me quedo aquí, cerquita. Me quedo en mí.

Tengo tetas y calzo botas altas de cuero con tacón. Llevo minifaldas y he vivido la experiencia de dar a luz. Soy muy mujer.

Pero me gustan muchas actitudes masculinas.

Me gusta frivolizar en la sexualidad y reírme con ella, y divertirme, sin pensar en ella como en la panacea de las relaciones.

Me gusta ser libre para decirle a un tío que ya le llamaré cuando me apetezca volver a verle.

Me gusta exigir que no sea un obsesivo manda-sms y me deje en paz cuando digo “no”.

Me gusta correrme si estoy intercambiando fluidos y pedir más si no estoy satisfecha.

Me gusta decir que no quiero ningún compromiso en este momento, y que tengo muchos amigos con los que comparto muchas horas de cama (muchas menos de las que yo quisiera.)

Me gusta decir que la fidelidad no va conmigo.

Me gusta tener un amante a quien quiero y respeto, pero por el que no estoy dispuesta a renunciar a nada que me haga feliz, por mucho que a veces pudiera pensarse que debería actuar como una amante abnegada y llorica que espera una llamada entre cena familiar y excursiones al cine para ver la última de Disney.

Me gusta confesar que me importa un pimiento la esposa-de, y que si no quiere que su maridito me mande mails románticos contándome cuánto me echa de menos, que se lo curre y busque la manera de tenerle contento.

Me gusta concentrarme en mi trabajo y que no me agobien ni me exijan nada a menos que sea mi jefe José Antonio pidiéndome que justifique mejor aun mi nómina.

Y todo eso que me gusta, lo he visto, oído y vivido en muchos hombres y en muy pocas mujeres.

Sólo que cuando lo hacen los hombres no pasa nada: son hombres.

Y cuando lo hacen mujeres pasa todo: son mujeres.

Así que a las que nos comportamos en algún aspecto de nuestras vidas como hombres, se nos presupone guarras, putas o amargadas carentes de afecto con algún trastorno psicológico de difícil diagnóstico.

Yo no pertenezco a aquella generación que luchó por conseguir que las mujeres votásemos, estudiásemos o trabajásemos igual que un hombre.

Pero pertenezco a la que tiene que luchar cada día por hacer sentir a los demás que es normal, sano y simplemente estimulante comportarse como un hombre.

Esta es mi lucha en este blog.

No ganaré ninguna batalla, menos aun la guerra.

Pero no habrá ni hombre ni mujer capaz de convencerme que mi felicidad pasa por callar, esperar, llorar y desesperar por no tener un hombre a mi lado a quien planchar camisas.

Y aun así, ¡qué jodía! También puedo enamorarme, sentir y vibrar como la más apasionada de las mujeres… eso es ser Amanda.

Amanda, amante, amada. Martes, 31 Enero 2006 21:27 Enlace Permanente Comentarios (73)

Consecuencias.
Llevo unos días con un molesto dolor en la muñeca derecha y en el dorso de la mano.

Me resulta complicado teclear informes, teclear post, teclear el teléfono móvil, teclear incluso el teléfono fijo.

Me pregunto si me he roto la muñeca, pero me da a mí que no, así que empiezo a revisar mi enciclopedia de Medicina Casera tratando de dar con un diagnóstico en base a autoexploración un tanto cutre.

Nada. Es evidente que no soy médico.

Me planteo acercarme al hospital: idea descartada de inmediato. Emilio está de guardia. Sólo falta que tras llamarme "guarra" (o tras acercarse a mi casa mientras estaba yo tan ricamente abrazada al cuerpo de Luis) me encontrara con mi mano en sus manos. Lo mismo me dice que lo ideal es darme un martillazo y machacarla del todo.

Así que dejo a Lili en casa de mi vecina encantada por pasar un rato con el hijo mayor de ésta (su primer amor: ¡qué ternura!) y camino los pocos metros que me separan de la Clínica con la que tengo concertada un seguro. Sí. Ya sé que trabajando yo en la Seguridad Social no dice mucho por mi parte que prefiera visitarme en la Asistencia Privada. Pero lo cierto es que aunque trabaje allí, a la hora de atenderme soy una más: y no soporto las esperas.

Me atiende un doctorcito recién salido de sus prácticas, no más de 30 años. Toquetea mi mano mientras me mira el canalillo mientras yo le miro el paquetillo.

- Parece una carga muscular, un sobreesfuerzo.
- Pues como no sea por culpa del teclado.
- No, no creo. ¿Has utilizado la mano últimamente para hacer algún tipo de movimiento repetitivo que conlleve presión?

Me da un ataque de risa. Me mira. Se ríe él también. Nos reímos los dos "jajá jajá jajá". Me manda a casa con una receta para una crema y la premisa de "portarme bien".

La próxima vez que Luis venga a pasar tres días conmigo, las pajas que se las haga él. Por prescripción facultativa.
Amanda, amante, amada. Sábado, 14 Enero 2006 11:23 Enlace Permanente Comentarios (38)

Manías que tiene una.
Me gusta eso de la "selección anti-natural".

Claro que, detrás de cualquier selección, existe un objetivo más o menos lícito.

La meta de muchas mujeres que he conocido y conozco es seleccionar al padre de sus hijos. O al hombre de sus casas. O al compañero de sus vidas.

Demasiadas película de Walt Disney.

Pero es lícito. Incluso es normal. Hasta natural. ¿O no?

Yo no aplico la selección con metas tan convencionales. Me cuesta imaginarme siendo una abuelita adorable acompañada de un abuelito igualmente adorable que acabe cambiándome los pañales o a quien acabe cambiándoselos yo.

Más que nada porque ya me han confirmado radicalmente mis compañeros ex fumadores que si sigo fumando me moriré de un cáncer de pulmón.

Luego se ofenden si les digo que si continúan yendo a 180 km/h adelantando en línea continua en plena nacional de curvas, van a acabar estampados contra un camión.

Cada uno asume sus riesgos.

El caso es que todos seleccionamos en algún momento a otro, sea para echar un polvo, sea para casarse, sea para lo que sea: ni químicas ni físicas... recursos humanos en estado puro.

Y yo, con los hombres, tengo ciertas manías (hábitos raros, para no romper del todo la cadena del cuestionario que pulula por bloguilandia).

La primera: los quiero guapos. Sí, soy así de superficial. No veo por qué tendría que renunciar a "mi" estética. No la estética de todos. Sinó la mía. Y ahora seamos todos muy hipócritas: la belleza está en el interior. Por eso la única profesión del mundo (y digo bien: la única) en la que la mujer está mejor pagada que el hombre es la de modelo. Es que son mujeres muy bellas por dentro, y eso se paga.

La segunda: los quiero inteligentes. Ni iluminados ni sabios. Inteligentes. Inquietos. Conversadores. Cultos. Lectores compulsivos de libros. Conceptuales. Capaces de responder en menos de un segundo correctamente a la pregunta "en qué se parecen un árbol y una mosca" (he dicho en un segundo.. no penséis tanto en ello).

La tercera: los quiero salidos. Sexualmente morbosos. Nada de románticos empedernidos que se deshacen en poesías y luego te echan un polvo de cinco minutos y a dormir. O de esos que se duchan nada más hacer el amor, como si limpiaran véte a saber qué torturada conciencia. Yo los quiero guarros. Pero con clase (si tienen el segundo requerimiento no les será complicado combinar ambas cosas.)

La cuarta: los quiero maduros. Y sí, muchos pensarán que la madurez no la da la edad. Pero yo discrepo... por mucho que se haya vivido a los 18 años dudo que se tenga la madurez de un hombre de 50. Más que nada porque a los 18 no se puede haber vivido la experiencia de ser padre de un adolescente o de haber cambiado de empresa más de cinco veces, o de haber estudiado seis carreras (por poner un ejemplo absurdo.)

La quinta: los quiero profesionales. Me da igual si son profesionales de los seguros, ingenieros de producción o recepcionistas de hotel. Pero quiero que amen su profesión, no que renieguen de ella. Me atrae más un funcionario feliz que un Director General amargado.

En resumen, si juntamos mis cinco manías, y de resultas el hombre está soltero y esperándome: dejo de ser La Amante.

(interesados, enviar CV a la dirección abajo indicada.)
Amanda, amante, amada. Viernes, 13 Enero 2006 21:30 Enlace Permanente Comentarios (27)

Si te he visto, no me acuerdo.
Justo cuando Grishom está leyendo el resultado de las pruebas de ADN que extrajo de un poco de saliva en el suelo de la casa en la que el asesino cortó la cabeza a toda la familia y colgó las lenguas del padre y del niño pequeño con chinchetas en la pared, me llaman por teléfono.

A cualquiera le hubiera enviado a la mierda, menos a Luis, a Sonia, a Emilio, a mi hija... en fin, no hubiera enviado a nadie a la mierda. Pero ¡jóder, sólo faltan tres minutos para saber si el asesino es el vecino con pinta de buen samaritano o la prostituta que se lió el marido el día anterior!

- Quiéeeeeeeeen?
- ¡Amandaaaaaaaaa! ¡Nos vamos de fiestaaaaa!

Es mi querida Clara, en fase “subidón-estoy-sola-sin-mi-marido-en-casa”.

En una hora me ducho, me plancho la falda negra de topitos blancos, me plancho el pelo (sí, el pelo también se plancha) y me acerco hasta el piso de un amigo del primo del vecino del hermano de alguien que conoce Clara.

Clara me pregunta que cuánto llevo sin follar, le digo que vamos bien, me dice que ella va fatal, y descubro una mirada lasciva de mujer que va a ser infiel si algún hombre le dirige ni que sean dos palabras.

En la fiesta nos presentamos todos en plan formal, un tío me saca una tarjeta de visita y otro me invita a tomar un bourbon.

Estoy arrinconada tratando de adivinar la media de edad del evento y me da por pensar que gracias a Clara y a mí, no supera los 50 años. La mayoría divorciados, solterones empedernidos y sí, algún casado como el que está con Clara hablando y fumando como un carretero.

A la media hora de estar aburrida con la charla acerca de la inflación provocada por el Euro con el tío de la tarjeta de visita, llega a la fiesta una de las pocas parejas. Ella: muy alta, delgada, vestida con vaqueros de talle cortísimo, varios collares largos, cabello lacio moreno... muy atractiva y sonriente. Debe superar ampliamente los 45 años, pero quien diga que las mujeres no resultan bellísimas a partir de cierta edad, se daría cuenta de su error viéndola a ella.

Detrás, impresionante, su marido. También entrado en años, rubio salpicado de canas, metro noventa, impecable camisa negra de seda, vaqueros Armani, ojos azules... un pijo en toda regla... pero un pijo guapísimo.

¡Coñooooo! ¡Si con ese tío me acosté yo hace cuatro años! Sí, sí. Le conocí por internet, en uno de esos portales de “encuentra al amor de tu vida” que en mi caso sólo me han servido para echar algún kiki con hombres casados. Charlamos un par de veces por chat, nos intercambiamos fotos y nos citamos en el bar de un hotel a media tarde.

Me acuerdo que le dió por penetrarme a través de los barrotes de hierro de la cama, mientras me colocaba en posturas imposibles. Un tío raro. Al menos en la cama. A las pocas horas de estar juntos concluímos que no había química y no nos volvimos a contactar jamás.

Veo que se pone rojo al reconocerme. Luego disimula su incomodidad tomando de la mano a su mujer que resulta ser la hermana del tío de la tarjeta y la inflación del Euro.
Éste, amablemente, nos presenta:

- Mi hermana, Nadia. Amanda, una amiga que acabo de conocer.
- Encantada guapa. Mi marido, Jaime.
- Encantado. – Jaime me da dos besos y está a punto de darme un ataque de risa acordándome de la escena de los barrotes.

Después de dos horas charlando los cuatro, Clara me dice que no hay plan y que si nos vamos a casa.

La acompaño en el coche y me pregunta:

- Oye... y el guaperas ese de los vaqueros Armani... ¿quién coño era?
- No tengo ni idea – contesto.

Ya en mi casa lo único que me da por pensar es cómo, un tío así casado con una mujer así, se mete en páginas de internet para follar con tías como yo.

Algo falla en La Pareja, y quien diga que no, es porque o es realmente muy afortunado o está muy ciego.

Amanda, amante, amada. Sábado, 7 Enero 2006 11:21 Enlace Permanente Comentarios (26)

Qué pasaría si de pronto fuera “la una” y no “la otra”?
La una: despertador veinte minutos antes de ir al trabajo, tiempo justo de ducha, ropa, café, salir pitando.
La otra: despertador una hora antes de ir la trabajo, tiempo para follar, ducharnos juntos, desayunar en el bar de abajo y despedirnos con un beso.

La una: 3 llamadas de Luis en la mañana, una para saber dónde dejé sus calcetines marrones, otra para decirme que hoy no vendrá a comer y la tercera para preguntarme si ha de ir a recoger los niños.
La otra: 1 mensaje de Luis: “princesita, ¿te he dicho cuántas veces me gusta verte sonreír? Sigue así, no dejes de hacerlo... me siento acompañado. Te quiero, mi amor.”

La una: tarde del viernes en Carrefour. Luis

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